Fe y opinión pública. La prensa ante la pugna entre laicismo y religión

FE Y OPINIÓN PÚBLICA. LA PRENSA ANTE LA PUGNA ENTRE LAICISMO Y RELIGIÓN

María-Paz López, periodista de “La Vanguardia”, ex corresponsal en Roma

1. El mandato informativo de los medios de comunicación no confesionales. Concepto de línea editorial. La quimera de la objetividad

       Los medios de comunicación no confesionales utilizan criterios profesionales laicos al abordar las informaciones. En cambio, los medios de comunicación confesionales tienen una lógica propia y distinta, una voluntad evangélica que no tiene un medio no confesional, aunque luego ese medio no confesional pueda ser -y sea- muy respetuoso con el hecho religioso, en función del perfil de sus lectores. Pero un medio no confesional no tiene ninguna obligación de hacer proselitismo; se dirige a un lector generalista, no necesariamente católico, pero también católico.

        Los sacerdotes tienen un mandato evangélico; los periodistas tienen un mandato informativo. Y la profesión periodística es también vocacional.

        En general, se entiende línea editorial como el conjunto de valores y criterios que guían a la redacción a la hora de arbitrar los temas de actualidad: la manera de jerarquizar las noticias en la página, el enfoque, el tono, la especial atención hacia algunos temas… La línea editorial hace que la redacción de un diario sea algo más que la suma de las cualidades personales de los periodistas que la componen; le da cierta unidad al producto informativo.

        Línea editorial no es sinónimo de línea política. Las más de las veces expresa también una línea política, raramente confesada, pero tiene que ver también con un conjunto de decisiones en cierto modo subjetivas: ¿qué temas se van a tratar? ¿A quienes vamos a entrevistar? ¿Qué noticias pondremos en primera plana?

        Así pues, hay un grado de subjetividad en esa elección de temas, pero eso no quiere decir que no se traten con objetividad, o mejor dicho, con voluntad de objetividad.

De todos modos, la objetividad está un tanto mitificada, y su mito se asienta sobre dos premisas:

1. El periodista puede y debe hacer una presentación estrictamente objetiva de la realidad.

2. De acuerdo con lo anterior, es posible separar la exposición de los hechos de su evaluación crítica.

En realidad, eso es imposible. Sin embargo, a día de hoy suele considerarse buena praxis periodística la búsqueda de la objetividad a nivel técnico, es decir, la voluntad por presentar todos los aspectos del problema, a favor y en contra, dentro del mismo texto. En general, un periodista, cuando siente que ha hecho eso, se queda tranquilo.

Con todo, también eso es relativo. Ejemplo: los disparos contra una congresista demócrata en Tucson (Arizona) que acabaron con la vida de seis personas. Es plausible que, a raíz de ese suceso, en Estados Unidos algún medio haya publicado un reportaje sobre la pena de muerte para este tipo de asesinos. Pero un reportaje así, respetando escrupulosamente el criterio objetivo del 50% a favor y 50% en contra, sería factible en un diario estadounidense. En uno europeo, no, porque, dada la mayoritaria oposición a la pena de muerte en la opinión pública europea, probablemente ningún diario se plantearía siquiera poner por escrito un 50% de argumentos a favor de la pena de muerte.

 

2. Religión, secularización, laicismo y laicidad. Percepción de estos conceptos en la prensa y en la sociedad occidental. ¿Puede hablarse de “guerra cultural”?

        No se trata aquí de definir esos conceptos, sino más bien de analizar cómo los percibe un periodista, y cómo los maneja al abordar su trabajo.

SECULARIZACIÓN

A veces se entiende como una ausencia de Dios o de la religión en la vida pública, frente a un tiempo pasado en que sí estaba muy presente. Otras veces se entiende como una disminución de la fe o de la observancia en la época contemporánea. Casi siempre se aplica a la sociedad occidental, es decir, a una sociedad de tradición cristiana, sea o no católica.

Casi siempre se analiza como un proceso, es decir, como un tránsito desde una sociedad en la que creer en Dios es -era- incuestionable y no problemático, a una sociedad en la que creer en Dios es una opción, y normalmente no es siquiera la opción más fácil. Los no creyentes suelen considerar que, en ese tránsito, la institución religiosa se resiste a abandonar una posición de preeminencia y control en la esfera pública, cuando, a su juicio, la fe debería circunscribirse a la esfera privada.

LAICISMO Y LAICIDAD

En general, quienes no están familiarizados con este debate, tienden a identificar ambos conceptos.

Casi todos ven la laicidad como una sana separación entre Iglesia y Estado (a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César). Los no creyentes suelen mezclar esta idea con la de laicismo, mientras que los creyentes asocian laicismo a ideología, a un -ismo. La Iglesia católica, por su parte, argumenta que el laicismo es una postura ideológica que no tiene nada que ver con la laicidad real.

RELIGIÓN

Al pensar en religión, un periodista medio en España piensa en la Iglesia católica, y la asocia a:

*  Sistema de creencias en torno a Dios

* Dogma (muy común en periodistas no creyentes), reglas, prohibiciones, vetos,  …

* Autoridad, es decir, capacidad de control sobre terceros (en periodistas creyentes, se habla más de comunión)

* Un actor más de la vida pública, antagonista de la modernidad; el periodista creyente ve el laicismo como una corriente que se vale de determinados partidos, gobiernos o instituciones  para atacar a la Iglesia

* Voluntad de imponer un moral de parte a la totalidad. Ejemplo clásico esgrimido por el mundo secular: la Iglesia prohíbe divorcio y aborto, pero como una ley civil no obligaría a nadie a divorciarse ni a abortar, ¿por qué prohibirlo a quien sí quiere? La Iglesia, por su parte, argumenta que se trata de derecho natural.

En la sociedad occidental, y en España con sus peculiaridades históricas, hay una pugna entre laicismo y religión. Es innegable, pero ¿puede hablarse de “guerra cultural”, que viene a ser un choque de ideas entre dos visiones del mundo, ambas convencidas de ser depositarias de la verdad? Parece más bien una tensión sostenida, con picos de conflicto entre periodos más largos de mutua no beligerancia. Laicistas y creyentes parecen llevar en España vidas paralelas en compartimentos estancos.

3. Ingredientes de la noticia. Casos de pederastia en la Iglesia católica versus labor callada de sacerdotes y religiosos en el  mundo

Qué es noticia suele estudiarse en primer curso de Periodismo. Aquí están los ocho elementos de la química informativa que, pese a los nuevos soportes tecnológicos surgidos, siguen siendo el abecé de la profesión.

Analicemos la crisis informativa por las revelaciones sobre pederastia cometida por sacerdotes y religiosos, y veremos que tiene todos los ingredientes.

1. Inmediatez.          Es típico de las revelaciones; “breaking news”, un  corte en el flujo normal de los acontecimientos.

2. Proximidad. Axioma por el que, periodísticamente, son más relevantes tres españoles muertos en un accidente que cien chinos ahogados en unas riadas en China. Es un criterio brutal, porque se trata siempre de vidas humanas, pero es así. En el caso de abusos sexuales y clero, había proximidad espacial y cultural; los casos se produjeron en países próximos, occidentales, geográficamente no lejanos.

3. Prominencia.  El Papa y la Iglesia católica son importantísimos.

4. Singularidad/Contraste. Es noticia lo no esperable. Ejemplo clásico: si un perro muerde a un hombre no es noticia, pero si un hombre muerde a un perro sí. En este caso, era singular que quien cometía los abusos era alguien cuya vocación de servicio debería alejarle -mucho más que a otros- de semejante conducta.

5. Conflicto.  Es evidente que esta situación lo genera.

6. Suspense. Hay incógnitas sobre la magnitud de lo sucedido, la identidad de víctimas y agresores, el alcance de las responsabilidades dentro de la jerarquía, …

7. Emociones. Hay muchas implicadas: indignación, perdón, ira, compasión, vergüenza, …

8. Consecuencias.  Se abren interrogantes: qué medidas tomará el Papa, qué acciones emprenderá la justicia civil, el destino de víctimas y agresores, …

        Esta noticia concreta ha cabalgado además sobre un conjunto de percepciones ya existentes en buena parte de la sociedad, de prejuicios, dudas y desconfianzas hacia la Iglesia de una sociedad como la occidental, que tiene el recuerdo histórico de “deudas pendientes”.

Por otra parte, un lamento escuchado a menudo en el ámbito eclesial es: ¿por qué la prensa da tanto espacio al tema de la pederastia, y no habla de la callada labor de miles de sacerdotes y religiosos en el mundo?

Apliquemos los ocho criterios anteriores a una posible información publicable sobre la buena labor de uno o varios sacerdotes ejemplares.

1. Inmediatez.  No se da  un corte en el flujo normal de los acontecimientos, salvo en el caso del asesinato de misionero en un país conflictivo, por ejemplo, que sería “breaking news”.

2. Proximidad. Sí se da, pero la misma que presentan médicos, tenderos, maestros, empleados de limpieza, … mientras no se produzca una ruptura en el curso normal de los acontecimientos.

3. Prominencia. Raramente se da o se ha dado, salvo en el caso estelar de la madre Teresa de Calcuta.

4. Singularidad. ¿Qué tiene de singular la labor constante y callada de un colectivo, sean curas o enfermeras? Es lo esperable.

5. Conflicto. No hay, salvo en el caso del misionero asesinado.

6. Suspense. No hay; se trata de una situación de normalidad.

7. Emociones. Sí las hay, pero sostenidas, constantes, normales.

8. Consecuencias. Desde luego que las hay; su labor genera buenos resultados, pero también sostenidos. Sería noticia sólo si se tratara de una consecuencia desproporcionada respecto a los pocos medios empleados, por ejemplo.

Conclusión: la normalidad no es noticia 

4. Qué busca la audiencia en un medio de comunicación, y cómo influye la opinión pública en los medios. Quién configura a quién.

Se considera opinión pública la tendencia o preferencia, real o estimulada, de una sociedad respecto de determinadas cuestiones. Es un concepto vago, que va casi siempre ligado a los sondeos y a las estadísticas.

Para un periódico, la opinión pública que cuenta es, sobre todo, la de sus lectores, y la mayoritaria dentro de la sociedad. Revisemos la tipología de lectores, según su grado de religiosidad. 

TIPOS DE LECTORES

A) Lector católico. Se aprecian dos categorías:

        1) El que quiere ver reconfirmadas sus creencias religiosas en el diario que lee. Esto vale también para creencias políticas y deportivas. Espera del periodista que aborda asuntos religiosos una voluntad evangelizadora o, como mínimo, combativa en la defensa.

        2) El que, desde una perspectiva creyente, espera del periodista que en informaciones sobre religión le proporcione todos los aspectos del problema, no única y exclusivamente los aspectos “pro-católicos”, pero también los aspectos “pro-católicos”, y no sólo lo negativo.

B) Lector no creyente. Se aprecian también dos categorías, similares al del lector-tipo anterior:

        1) El que no le interesan las informaciones sobre religión, a menos que le permitan escandalizarse porque reafirman sus creencias sobre una Iglesia católica invasiva, prepotente, hermética ante la modernidad, y sustancialmente perjudicial. Espera del periodista una militancia laicista, un trabajo de “denuncia”.

        2) El que no es creyente, o está bautizado pero no es practicante, representante del llamado “catolicismo sociológico”, que lee noticias y reportajes sobre religión de vez en cuando, o raramente, y que las más de las veces no está de acuerdo con las razones de la Iglesia, pero considera que merece la pena escucharlas.

        En España abunda más la categoría número 1 de ambos grupos, es decir, la del que quiere ver reconfirmadas sus posturas personales. Y hay periodistas que, dentro del atenerse a la línea editorial de sus respectivos medios, apuestan por esa categoría de audiencia, es decir, por la exacerbación del mensaje. Porque eso refuerza el caché de esa firma, da una presunta coherencia a toda su producción, y facilita el trabajo, porque está claro para el periodista “quiénes son los buenos y quiénes son los malos”.

Además, el periodismo de la impertinencia está de moda, en prensa, televisión y radio, sobre todo desde que el fenómeno de las tertulias se ha trasladado a la prensa escrita. Se escucha o lee cada vez más ese tono respondón, agresivo y “lleno de razón”, que hace que un columnista -del color que sea- se labre su legión de seguidores, generalmente entusiastas. Luego, esos lectores escriben cartas al director, alabando tal o cual artículo de ese autor; son lectores de la categoría 1, y ayudan a prosperar una firma.

En cambio, la categoría número 2, que estaría compuesta por esos lectores respetuosos y con sentido crítico, no da mucho juego, porque esos lectores no suelen ser “reactivos”. En realidad, son los lectores más deseables, sean o no creyentes, sea cual sea su color político, pero en España no son la mayoría.

 

5. El periodismo actual. Multiplicación de canales, crisis del modelo clásico y exacerbación de los mensajes. La preeminencia de la opinión y los peligros de la precariedad laboral en la profesión periodística.

        En una entrevista en “La Contra” de “La Vanguardia” publicada el 10 de enero del 2011, el economista alemán Max Otte hacía algunas afirmaciones que vale la pena reseñar aquí:

“Hoy disponemos de decenas de cadenas de televisión; miles de portales de internet y decenas de miles de blogs, pero estamos peor informados que hace 30 años: más desinformados y por ello más manipulables.”

“Pero masa no quiere decir calidad. Al contrario: se han multiplicado, pero también empobrecido los contenidos. La mayor parte de los textos e imágenes que nos sirven –gratis– en todo tipo de pantallas ni aportan nada ni son fiables. Constituyen una cacofonía insulsa de mensajes caóticos y banales.”

“Antes las empresas informativas de referencia servían información-interpretación jerarquizada por periodistas serios, bien pagados y relativamente independientes.”

Los periodistas están siendo sustituidos por una nueva ola de meros  gestores de contenidos, aleccionados para limitarse a obtener más clics en las noticias. Ya no deben interpretar y jerarquizar contenidos por importancia o interés, sino sólo por su audiencia inmediata. De esa forma nos  desinforman.”

“El lector desinformado acaba por conformarse con los contenidos más superficiales.”

        Ademas, existe, al menos en España, una inflación de opinión en los medios de comunicación. Hay un famoso dicho histórico en la profesión. Lo acuñó en 1921 el periodista británico Charles Prestwich Scott, director del “Manchester Guardian”, hoy “The Guardian”. Escribió: “Comment is free, but facts are sacred”.  Es decir, “los hechos son sagrados, las opiniones son libres”.

Sin embargo, ahora parece al revés, y esta es una broma amarga que circula por las redacciones de los diarios: las opiniones son sagradas, y los hechos son libres. Los mensajes se han exacerbado, son cada vez más esquemáticos y ajenos al matiz, … y muchos periodistas los practican, incluidos periodistas católicos que, con la excusa de que empuñan la cruz, se saltan reglas como la voluntad de búsqueda de la objetividad.

Otro peligro para la información es la precariedad laboral: el periodista que no tiene sueldo fijo mensual, sino que cobra a tanto la pieza, va a hinchar cualquier información con tal de que se publique, para así cobrar. Es humano. Y eso perjudica el rigor informativo.

Al final, es paradójico, pero ahora que con la globalización:

        a) la sociedad es cada vez más compleja, problemática y sofisticada

        b) que por tanto cuesta más explicarla

        c) que hay una multiplicación de canales informativos, que en teoría permiten mayor pluralismo y debate de opiniones

        … resulta que en los ciudadanos, en la sociedad, hay cada vez más un rechazo frontal de la complejidad. Entre los periodistas existe la convicción de que la mayoría de la gente no quiere leer, escuchar o ver cuestiones complejas y angulosas, sino que prefiere esquemas simples. Y esta situación no es culpa de los medios de comunicación o, mejor dicho, no es culpa SÓLO de los medios de comunicación.

        Porque los medios cabalgan sobre realidades, percepciones y sentimientos que ya existen en la opinión pública, y que contribuyen a configurar, pero que no pueden crear a su antojo.

 6. Políticas de comunicación. La Iglesia es aún refractaria a los medios. Consecuencias: la falta de transparencia entorpece su capacidad para suministrar historias positivas a la prensa.

En estructura y mentalidad, la Iglesia católica y quienes la componen desconfían de los medios, al tiempo que el “mundo laico” lleva mal que la Iglesia, sobre todo los obispos, opinen en público sobre cuestiones de actualidad. En realidad, hay prejuicios y quejas por ambas partes.

        Por una parte, la Iglesia tiene derecho a ser actor de la vida pública, faltaría más, pero tiene que aceptar las servidumbres que ello implica, es decir, la carga de críticas. Y tiene que apostar por la transparencia; esconder o silenciar no lleva a ningún sitio, y no es estratégico. Todo es comunicación; no es posible no comunicar, como mínimo se comunica que no se quiere comunicar.

        Otros actores de la vida pública (partidos, gobiernos, sindicatos, instituciones culturales, …) niegan a la Iglesia ese derecho a participar del debate público. Por razones históricas, subsiste en España un anticlericalismo a veces poco razonado, cuando no rayano en la ignorancia. Al tiempo, amplios sectores de la Iglesia española aún no han digerido que la Iglesia es un actor más de la vida pública, en vez de un regulador hegemónico.

        La falta de transparencia informativa entorpece la capacidad de la Iglesia de suministrar historias positivas a la prensa. En general, el mundo secularizado admira la acción social y caritativa de la Iglesia, sobre todo su rostro femenino. Aún hay mucha gente que dice que se fía (entre comillas) más de las monjas que de los curas. Ese aspecto está poco explotado periodísticamente; la Iglesia podría hacerlo, asumiendo los códigos del periodismo (los ocho elementos antes citados). 

7. La urgencia de un cambio de paradigma. ¿Es posible articular de un modo positivo la actual pugna entre fe y laicismo?

Es una pregunta abierta, pero parece evidente que corresponde a la Iglesia católica abrir el debate. No parece que el mundo secularizado, al menos en España, se plantee hacerlo. Y es lógico que quien quiere circunscribir la fe a la esfera privada, no tenga especial interés en dialogar con ella en la esfera pública. De hecho, ya hay más intentos por parte eclesial de comprender y dialogar con el mundo moderno y secularizado que al revés. Pero si se quiere lograr un patrón de cooperación entre ambas visiones del mundo, están ambas obligadas a dialogar.

Conferencia en formato PDF

Consciència cristiana i cultura política en els ensenyaments de sant Josepmaria Escrivà de Balaguer

Consciència cristiana i cultura política en els ensenyaments de sant Josepmaria Escrivà de Balaguer [PDF]

Prof. Mons. Ángel Rodríguez Luño
Pontifícia Universitat de la Santa Creu (Roma)

1. La formació de la consciència en matèria social i política
Convé aclarir inicialment quin significat pot tenir l’expressió “cultura política” en aquestes reflexions. En els escrits de sant Josepmaria Escrivà de Balaguer no es troben el que comunament anomenem “idees o opinions polítiques”, és a dir, consideracions dirigides a proposar o suggerir una solució concreta a un determinat problema polític, en concurrència amb altres solucions possibles i legítimes per a un ciutadà catòlic. En aquest sentit va afirmar més d’una vegada: “No parlo mai de política»
[1], i sempre es va negar a intervenir en el joc de les opinions que solen determinar l’adscripció dels ciutadans a un determinat partit polític, a un sindicat, a un moviment cultural, etc., amb el propòsit de contribuir noblement a la configuració política del propi país. Mai va permetre que les seves paraules o la seva activitat fossin interpretades en sentit polític, ni va voler influir de cap manera sobre els altres en aquest pla. Tampoc va preguntar a ningú per les seves preferències polítiques. Més endavant quedaran clares les importants raons a què respon aquesta línia de conducta.

 

Els escrits de sant Josepmaria contenen, en canvi, abundants ensenyaments sobre l’acció social i política dels ciutadans, que es dirigeixen a exposar els punts capitals de l’ètica social i política, així com de la doctrina social de l’Església, en tant que aquests ensenyaments formen part «dels mitjans espirituals necessaris per a viure com bons cristians enmig del món»[2]. Es tracta, escrivia una vegada, d’ensenyar a «portar-se com a cristians: convivint amb tothom, respectant la legítima llibertat de tothom i fent que aquest món nostre sigui més just.»[3]. Convé precisar que l’activitat de sant Josepmaria no va tenir com finalitat directa la consecució d’objectius concrets de justícia social i política. Els seus ensenyaments són més aviat una crida urgent «a una plenitud de vida cristiana que, per verificar-se enmig del món, connota constantment fruits de transformació social, d’instauració de la justícia, de fraternitat i de pau»[4]. Queda sempre ben clar que la crida a la plenitud de vida cristiana transcendeix les realitzacions en el pla social i polític, que vénen a ser «com efectes que advenen a manera de redundància o afegitó, respecte a la realitat central: la radical identificació amb Crist»[5].

La manera d’harmonitzar la legítima llibertat política dels ciutadans amb la formació ètico-social que constitueix com el comú denominador de la cultura política dels catòlics, ens sembla una nota molt característica de sant Josepmaria, la adequada comprensió requereix un breu aclariment de les relacions que existeixen entre la fe cristiana i la política.

2. Fe i política
Les relacions entre fe cristiana i política han de col·locar-se en un quadre teològic fonamental
[6]. Aquest és, per a sant Josepmaria, la crida universal a la santedat, dinamisme profund de la vida moral cristiana, que comporta una intensa concentració cristològica. Cornelio Fabro, autor d’un dels millors estudis teològics sobre els escrits de sant Josepmaria, adverteix en ells la presència constant i unificant d’«una comprensió singularment rica i coherent del misteri de Crist, perfecte Déu i perfecte home», que permet trobar a l’«Encarnació del Verb el fonament perennement actual i operatiu de la transformació cristiana de l’home i, a través del treball humà, de totes les realitats creades»[7]. La coexistència harmònica de la plenitud divina i humana en Crist es converteix en paradigma de l’harmonia del sobrenatural i de l’humà en l’existència i activitats del cristià. Glossant un passatge de l’Epístola als Colossencs (1, 19-20), sant Josepmaria afirma: «Parlant amb rigor, no es pot dir que hi hagi realitats -bones, nobles, i fins i tot indiferents- que siguin exclusivament profanes, una vegada que el Verb de Déu ha fixat el seu domicili entre els fills dels homes, ha tingut fam i set, ha treballat amb les seves mans, ha conegut l’amistat i l’obediència, ha experimentat el dolor i la mort»[8]. No només no hi ha contraposició entre la vida de relació amb Déu i l’afany per col·laborar amb els altres en la construcció del bé comú, sinó que aquest afany es converteix en camí d’unió amb Déu, sigui perquè es tracta d’un deure cívic de tots els ciutadans que en els cristians queda assumit també per la caritat, sigui perquè els ciutadans cristians l’exerceixen d’acord amb la seva consciència informada pels valors evangèlics, que d’aquesta manera produeixen resultats concrets en l’àmbit social[9].

Si sant Josepmaria rebutja qualsevol visió del cristianisme que no percebi «la relació amb les situacions de la vida corrent, amb la urgència d’atendre les necessitats dels altres i d’esforçar-se a posar remei a les injustícies.»[10], rebutja amb no menys força qualsevol plantejament que oblidi la transcendència de la fe cristiana i de la missió de l’Església respecte a les diferents síntesis polític-culturals concretes presents al món al llarg de l’historia. Els fidels laics estan cridats a « santificar des de dins totes les estructures temporals, tot portant-hi el llevat de la Redempció.»[11], però la seva comesa en la terra, precisa sant Josepmaria, no es pot pensar com « la brotada d’un corrent político-religiós -fóra una bogeria-, ni que tingués el bon propòsit d’infondre l’esperit de Crist en totes les activitats dels homes.»[12]. Identificar plenament la fe cristiana amb una concreta síntesi cultural o amb un determinat projecte polític, per molt bo que fos, seria una cosa en si mateix aliena a la veritat ensenyada per Crist, i tard o d’hora causaria un gran mal a l’Església i a les ànimes.

La qüestió té un altre important aspecte que cal considerar. Sant Josepmaria tenia una clara consciència que les activitats socials i polítiques no són simples enunciacions de principis perennes, sinó concretes realitzacions de béns humans i socials en un context històric, geogràfic i cultural determinat, marcades per una contingència al menys parcialment insuperable, que per altra banda és característica de tot el pràctic. Per això, afirmava que « ningú no pot pretendre d’imposar dogmes, que no existeixen, en qüestions temporals. Davant un problema concret, sigui quin sigui, la solució és: estudiar-lo bé i, després, actuar en consciència, amb llibertat personal i amb responsabilitat també personal.»[13]. Però amb això no pretenia dir que tots els assumptes socials són contingents, ja que propagava als quatre vents, sense respectes humans, les exigències ètiques universalment vàlides. El seu pensament queda clarament reflectit en aquestes paraules: « No m’oblidis que, en els assumptes humans, també els altres poden tenir raó: veuen la mateixa qüestió que tu, però des de diferent punt de vista, amb una altra llum, amb una altra ombra, amb un altre contorn.:-Només en la fe i en la moral hi ha un criteri indiscutible: el de la nostra Mare l’Església.»[14].

Per això, sant Josepmaria va afirmar i va defensar el dret i el deure de la Jerarquia de l’Església de pronunciar judicis morals sobre assumptes temporals, quan això era exigit per la fe o la moral cristianes[15]. És més, va ensenyar constantment que els fidels tenen llavors l’obligació moral d’acceptar aquests judicis doctrinals[16], i va incorporar als seus ensenyaments orals i escrits els continguts fonamentals del magisteri pontifici i episcopal en matèria social. Aquesta funció del magisteri eclesiàstic es refereix als principis dogmàtics i morals, i als fets o projectes que entren clarament en contradicció amb ells, però no s’estén -excepte en alguna circumstància de gravetat excepcional- a l’elecció d’una opció política determinada si n’hi ha diverses que són perfectament compatibles amb la consciència cristiana.

D’aquesta manera queda clar que tot el que dirà a continuació no mira a suggerir opcions polítiques concretes, sinó a subratllar alguns principis d’ètica social i política que informen la consciència cristiana.

3. Participació i solidaritat

La concentració cristològica abans esmentada determina la visió que sant Josepmaria té d’allò que significa per a un cristià estar en el món i viure en el món o, amb altres paraules, la seva concepció de la secularitat. Aquesta es tradueix en l’imperatiu de la responsabilitat i de la participació: viure en el món vol dir sentir-se responsable d’ell, assumint la tasca de participar en les activitats humanes-professionals, culturals, socials i polítiques -per configurar-les d’acord amb la justícia, la llibertat i els demés valors evangèlics. I així escriu: «Com a cristià, tens el deure d’actuar, de no abstenir-te, de prestar la teva pròpia col·laboració per servir amb lleialtat, i amb llibertat personal, al bé comú.»[17]. El treball en favor del bé comú requereix esforç i generositat, de manera que la passivitat, la mandra, el “deixar fer”, són temptacions sempre a l’aguait davant de les quals un cristià no ha de cedir. «Els fills de Déu, ciutadans de la mateixa categoria que els altres, hem de participar ‘sense por’ en totes les activitats i organitzacions honestes dels homes, a fi que Crist hi sigui present. Nostre Senyor ens demanarà compte estricte si, per deixadesa o comoditat, cadascú de nosaltres, lliurement, no procura intervenir en les obres i en les decisions humanes, de les quals depenen el present i el futur de la societat»[18].

En parlar de participació, sant Josepmaria no es referia només als ciutadans, sempre pocs, que es dediquen professionalment a la política, ni tampoc volia dir que convenia dedicar-se a ella, el que no seria bo per als qui no tenen les aptituds necessàries, pensava simplement en el ciutadà que compleix els seus deures cívics i exercita els seus drets, i tant en un cas com en l’altre és coherent amb la seva concepció del món, de l’home i del bé comú polític, associant lliurement amb qui -cristians o no- comparteixen aquestes idees i estan disposats a realitzar-les. En aquest sentit lamentava que és freqüent «fins i tot entre catòlics que semblen responsables i piadosos, l’error de pensar que només estan obligats a complir els seus deures familiars i religiosos, i tot just no volen sentir parlar de deures cívics»[19].

En realitat no es tracta d’un deure específic dels cristians, sinó d’un deure general de tots els ciutadans, que els cristians han de santificar. Els sistemes polítics actuals pressuposen la participació dels ciutadans, i sense ella no poden funcionar adequadament. L’expansió exagerada de l’aparell estatal, o el predomini de solucions que no responen al sentir comú, sinó a l’opinió d’una minoria d’activistes, es deu en bona part «a la inhibició dels ciutadans, a la seva passivitat per defensar els drets sagrats de la persona humana. Aquesta inactivitat, que té el seu origen en la mandra mental i en la voluntat inert, es dóna també en els ciutadans catòlics, que no acaben de ser conscients que hi ha altres pecats -i més greus- que aquells que es cometen contra el sisè precepte del Decàleg»[20].

Part molt important de la participació en la vida social i política és el treball de promoció social, la lluita contra la injustícia, la corrupció, la violència i la manca d’equitat en la distribució dels béns econòmics i culturals. « S’entén molt bé la impaciència, l’angoixa, els desigs inquiets d’aquells que, amb una ànima naturalment cristiana, no es resignen davant la injustícia personal i social que pot crear el cor humà. Tants de segles de convivència entre els homes i, encara, tant d’odi, tanta destrucció, tant de fanatisme acumulat en ulls que no volen veure -i en cors que no volen estimar. Els béns de la terra repartits entre uns pocs; els béns de la cultura tancats en cenacles. I, a fora, fam de pa i de saviesa, vides humanes que són santes, perquè vénen de Déu, tractades com a simples coses, com a nombres d’una estadística.»[21]. Sant Josepmaria va estimular moltes persones perquè dediquessin la seva activitat professional a tasques de promoció social de caràcter educatiu, sanitari, assistencial, etc.,[22] donant suggeriments útils perquè aquestes tasques es desenvolupessin de manera eficaç, valoritzant els recursos locals i la dignitat de tots els qui es beneficien.

4. Llibertat, responsabilitat i pluralisme

El principi de llibertat, juntament amb el de participació a què ens acabem de referir, ocupa un lloc central en els ensenyaments de sant Josepmaria. Ell veu la llibertat com un bé humà i cristià de la màxima importància. « Repeteixo i tornaré a repetir sense parar que el Senyor ens ha donat gratuïtament una ofrena sobrenatural, la gràcia divina; i també ens ha fet un altre do humà meravellós, la llibertat personal que exigeix de nosaltres —per tal que no es corrompi convertint-se en llibertinatge— l’integritat, un afany eficaç per a desenvolupar la nostra conducta dins la llei divina, perquè on hi ha l’Esperit de Déu, hi ha llibertat (2 Cor III, 17). […] Alguns d’entre els qui m’escolteu, em coneixeu de fa molts anys. Podeu testificar que durant tota la vida he anat predicant la llibertat personal, amb personal responsabilitat. L’he buscada i la busco, per tota la terra, talment com Diógenes buscava un home. I com més va, més l’estimo, l’estimo sobre totes les coses terrenals: és un tresor que mai no avaluarem prou.»[23].

Estimar la llibertat implica necessàriament estimar «el pluralisme que la llibertat duu en si mateixa»[24]. Pluralisme no és sinònim de conflicte o de tensió: «El fet que algú pensi de manera diferent que jo —especialment quan es tracta de coses que són objecte de la llibertat d’opinió— no justifica de cap manera una actitud d’enemistat personal, ni tan sols de fredor o d’indiferència. La meva fe cristiana em diu que la caritat s’ha de viure amb tothom, també amb els qui no tenen la gràcia de creure en Jesucrist.»[25]. Un cristià no considera l’adversari polític com un enemic, no l’odia ni el maltracta, el deixa parlar, l’escolta, i en cap cas recorre a la difamació ni la calúmnia, així com tampoc utilitza qüestions privades irrellevants per al bé comú com una arma política.

Sant Josepmaria veu sempre la llibertat acompanyada per la responsabilitat. En un text que s’ha fet cèlebre per la seva claredat, afirmava que a un ciutadà cristià ben intencionat « mai no li passa pel cap de creure o de dir que ell baixa del temple al món per representar l’Església, i que les seves solucions són les solucions catòliques d’aquells problemes. […]Això fóra clericalisme, catolicisme oficial o com vulgueu anomenar-ho. Sigui com sigui, és fer violència a la naturalesa de les coses. Cal que difongueu pertot arreu una veritable mentalitat laïcal que vagi a parar a tres conclusions: a tenir prou honradesa per afrontar la pròpia responsabilitat personal; a ser prou cristians per respectar els germans en la fe que proposen, en matèries opinables, solucions altres que la que cadascun de nosaltres sosté; a ésser prou catòlics per no servir-se de la nostra Mare l’Església, barrejant-la amb bàndols humans»[26].

Aquesta última consideració, la substància de la qual ha estat recollida pel Codi de Dret Canònic del 1983[27], mereixeria un ampli comentari, que aquí no podem fer. Potser algú pensi que aquesta manera de procedir portaria a debilitar la presència dels cristians -i dels valors que per als cristians són importants- en la vida social i política. Però en realitat succeeix el contrari. Voler imposar una única opinió sobre assumptes contingents, portaria a desunir els cristians en allò que, en canvi, és veritablement irrenunciable. «Així succeeix amb freqüència -escrivia en una ocasió- que es veuen catòlics que senten amb molta més força l’afinitat ideològica amb altres homes -fins i tot enemics de l’Església- que el mateix vincle de la fe amb els seus germans catòlics; i que, al mateix temps que dissimulen les diferències en l’essencial que els separen de persones d’altres religions, o sense cap religió, no saben aprofitar el denominador comú que tenen amb els altres catòlics, per conviure-hi i no exasperar les possibles diferències d’opinió en el contingent»[28].

5. Llibertat i formació cristiana

L’èmfasi en el principi de llibertat i de responsabilitat personals pressuposa en el ciutadà cristià la preocupació d’adquirir una sòlida formació, de manera que la seva activitat constitueixi efectivament una positiva contribució al recte ordre de la vida social. Sant Josepmaria sentia vivament la necessitat de proporcionar a tots aquesta formació. «Us diré, a aquest propòsit, quin és el meu gran desig: voldria que, en el catecisme de la doctrina cristiana per als nens, s’ensenyés clarament quins són aquests punts ferms, en què no es pot cedir, en actuar d’una manera o d’un altre en la vida pública, i que afirmés, alhora, el deure d’actuar, de no abstenir-se, de prestar la mateixa col·laboració per servir amb lleialtat, i amb llibertat personal, al bé comú. És aquest un gran desig meu, perquè veig que així els catòlics aprendrien aquestes veritats des de petits, i sabrien practicar-les després quan fossin adults»[29]. Aquest desig avui s’ha fet realitat, ja que el Catecisme de l’Església Catòlica i diversos catecismes nacionals concedeixen la deguda atenció als temes socials i polítics[30]. El problema és de capital importància, perquè de l’adequada formació dels fidels depèn que la seva presència en la vida pública doni com a resultat l’ordenació cristiana del món, i no la «secularització» dels cristians.

Quan es parla aquí de formació, no s’entén pròpiament la comunicació de solucions concretes prefabricades i irreformables, tancades al diàleg constructiu. Formar és més aviat promoure una sensibilitat cap a les exigències del bé comú, així com estimular un pensament que, a la llum de la fe, permeti progressar en la comprensió de la realitat i del canvi social. Sant Josepmaria Escrivà de Balaguer veia en aquesta formació una font i un motiu de solidaritat, és a dir, de participació solidària en l’empresa col·lectiva de recerca de la veritat. «En aquest ajudar els uns als altres ocupa un lloc important el contribuir a conèixer, a descobrir, la veritat. La nostra intel·ligència és limitada, només podem -amb esforç i dedicació- arribar potser a distingir una parcel·la de la realitat, però són moltes les coses que se’ns escapen. Una manifestació més de la solidaritat entre els homes és fer comuns els coneixements, participar als altres les veritats, que hem arribat a trobar, fins a constituir així aquest patrimoni comú que es diu civilització, cultura»[31].

6. Veritat i caritat

En la vida social pot existir, a més del pluralisme d’opcions polítiques, una diversitat de creences religioses i d’idees morals: en un mateix Estat, en una mateixa ciutat, al si d’una mateixa família, sovint conviuen i col·laboren persones que tenen creences religioses o morals diferents d’aquelles que en consciència considerem vertaderes. Aquesta convivència pot crear i crea de fet tensions i problemes de diversa naturalesa. La doctrina de l’Església Catòlica sobre el dret a la llibertat religiosa[32], sobre la cooperació al mal[33] o sobre el comportament davant les lleis injustes[34], per exemple, constitueix un criteri d’acció per a algunes de les situacions que poden plantejar-se.

Els problemes històricament lligats a les diferències religioses i morals, juntament amb factors de tipus ideològic, han originat la mentalitat, molt estesa en alguns ambients, que la convicció que hi ha una veritat sobre el bé de la persona i de les comunitats humanes acaba traduint-se en injustes relacions de domini o de violència entre els homes. D’aquesta idea, que ara no ens aturem a valorar, poden sorgir diverses actituds: uns consideren que una certa dosi de agnosticisme o de relativisme és un bé, o almenys un mal menor necessari per a la convivència democràtica[35], de manera que pensen que de les veritats últimes és millor no parlar-ne en l’àmbit públic, arribant a vegades a exigir, com a condició per a qualsevol forma de diàleg, la disponibilitat de l’interlocutor a renunciar o, almenys, a posar entre parèntesis les conviccions constitutives de la pròpia identitat, si algú no està disposat a fer-ho, l’acusen de ser un mal ciutadà, un enemic de la convivència. Davant d’aquesta perspectiva, d’altres es tanquen al diàleg, perquè no volen o no saben donar certes explicacions, per por o perquè se senten sotmesos a un xantatge moral, o bé entenen que el diàleg és un bé pel qual val la pena cedir, és dir, renunciar, almenys externa i tàcticament, a la pròpia identitat, encara que aquesta actitud impliqui una certa duplicitat, poc lleial tant cap a les pròpies conviccions com cap als mateixos interlocutors.

Aquest és un problema vers el qual sant Josepmaria va demostrar una sensibilitat molt delicada. Dos ensenyaments neotestamentaris són a la base de les seves reflexions: l’advertència del Senyor que no existeix un veritable dilema entre el que es deu a Déu i el que es deu al Cèsar[36], i l’ensenyament de sant Pau de que la veritat ha de ser exposada amb caritat, sense ferir[37]. Seguint aquest ensenyament paulí, ell no tenia dificultats per harmonitzar el dret a mantenir la seva pròpia identitat intel·lectual i espiritual i el deure de parlar senzillament o de col·laborar amb qui té idees diferents. «Sempre solc insistir, perquè us quedi ben clara aquesta idea, en què la doctrina de l’Església no és compatible amb els errors que van contra la fe. Però no podem ser amics lleials dels qui practiquin aquests errors? Si tenim ben ferma la conducta i la doctrina, no podem tirar amb ells del mateix carro, en tants camps?»[38].

Sens dubte pensava que la col·laboració amb persones de diverses creences podia ser en moltes ocasions una oportunitat de difondre la veritat i de dissipar prejudicis i malentesos. En tot cas, era imperatiu mantenir una línia de conducta evangèlica, d’aquí «la cristiana preocupació per fer que desaparegui qualsevol forma d’intolerància, de coacció i de violència en el tracte d’uns homes amb altres. També en l’acció apostòlica -millor: principalment en l’acció apostòlica-, volem que no hi hagi cap mena de coacció. Déu vol que se’l serveixi en llibertat i, per tant, no seria recte un apostolat que no respectés la llibertat de les consciències»[39].

Distingir amb extrema claredat la relació íntima de la consciència personal amb la veritat de la relació entre persones. La primera està presidida pel poder normatiu de la veritat, perquè mai és honrat no ser coherent amb el que en consciència es jutja veritable, la segona, per la justícia i per les exigències inalienables de la dignitat de la persona. I per això parlava, pensant en la primera d’aquestes dues relacions, de la santa intransigència, terme amb què denominava la coherència, la sinceritat, a la qual s’oposa la vilesa, és a dir, l’actitud de qui estant convençut que dos més dos són quatre diu que són tres i mig per debilitat o per comoditat. Però sempre afegia que la intransigència referida a una asserció doctrinal no és santa si no va lligada a la transigència amable amb la persona que sosté una posició diversa de la nostra i que considerem errònia[40].

La seva actitud en aquest punt era ferma i clara, i no admetia excepcions. Considerava la intolerància una injustícia davant la qual s’havia de reaccionar. «Per això, quan algú intentés maltractar els equivocats, estigueu segurs que sentiré l’impuls interior de posar-me al costat d’ells, per seguir per amor de Déu la sort que ells segueixin»[41]. Va saber viure de manera pràctica aquests ensenyaments, això és un fet històric, ja que el 1950 va obtenir el permís de la Santa Seu perquè l’Opus Dei admetés com cooperadors homes i dones no catòlics i no cristians[42], i així s’ha fet des d’aleshores.

Tot això fa veure, en definitiva, que estimava el diàleg obert, lleial i sincer. Creia en ell com a mitjà de cohesió social i com a ocasió d’entesa i d’apostolat. Sens dubte advertia que el bé comú de la societat, i sobretot d’una societat complexa com l’actual, exigeix relacionar adequadament un conjunt d’instàncies i punts de vista diferents, que no s’han de tancar en si mateixos ni actuar de manera purament autoreferencial. Però veia sobretot que la condescendència demostrada per Déu en voler que el seu Verb etern es fes també paraula humana, feia del diàleg humà un criteri de conducta vinculant per a la consciència cristiana.

Els escrits de sant Josepmaria tracten també altres aspectes de la vida social (com són, per exemple, l’opinió pública, la llibertat d’ensenyament, etc.), en què ara no podem aturar-nos. Pensem, però, que els temes tractats són prou representatius d’allò que era per a ell la cultura política pròpia de la consciència cristiana.

 

[1] Sant Josepmaria Escrivà de Balaguer, Converses amb Mons. Escrivà de Balaguer, 2a ed., Rialp, Barcelona 1991, n. 48; cf. també Íd., És Crist que passa. Homilies, Rialp, Barcelona 1989, n. 183.

[2] Converses, cit., N. 27.

[3] Ibíd., N. 27.

[4] A. De Fuenmayor – V. Gómez-Iglesias – J.L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, p. 59

[5] Ibídem.

[6] En aquestes pàgines reprenem amb abundants modificacions el que ja vam tractar a A. Rodríguez Luño, Cultura política y conciencia cristiana. Ensayos de ética política, Rialp, Madrid 2007, pp. 51-86. Sobre aquests aspectes del missatge de sant Josepmaria es pot veure J.M. Pero-Sanz – J.M. Aubert – T. Gutiérrez Calzada, Acción social del cristiano. El beato Josemaría Escrivá y la Doctrina social de la Iglesia, Palabra, Madrid 1996 (amb àmplia bibliografia).

[7] C. Fabro, La tempra di un padre della Chiesa, al C. Fabro – S. Garofalo – M. A. Raschini, Santi nel mondo. Studi sugli scritti del beato Josemaría Escrivá, Ares, Milano 1992, p. 115.

[8] És Crist que passa, cit., N. 112.

[9] Cf. Ibíd., N. 125.

[10] Ibíd., N. 98.

[11] Ibíd., N. 183.

[12] Ibíd., N. 183.

[13] Converses, cit., N.77.

[14] Sant Josepmaria Escrivà, Solc, Rialp, Barcelona 1992, n. 275.

[15] Cf. Converses, cit., N. 11.

[16] Cf. Ibíd., N. 29.

[17] Sant Josepmaria Escrivà, Forja, 13 ª ed., Rialp, Barcelona 1992, n. 714.

[18] Ibíd., 715; cf. també nn. 717-718.

[19] Carta 9-I-1932, n. 46, citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., P. 76.

[20] Carta 9-I-1959, n. 40, citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., P. 77.

[21] És Crist que passa, cit., N. 111.

[22] Cf. per exemple les iniciatives esmentades en Converses, cit., N. 71.

[23] És Crist que passa, cit., N. 184.

[24] Converses, cit., N. 98.

[25] Ibídem.

[26] Ibíd., N. 117.

[27] Codi de Dret Canònic, c. 227: «Els fidels laics tenen dret que se’ls reconegui en els assumptes terrenys aquella llibertat que és competència de tots els ciutadans, però a l’usar d’aquesta llibertat, han de tenir cura que les seves accions estiguin inspirades per l’esperit evangèlic, i han de prestar atenció a la doctrina proposada pel Magisteri de l’Església, evitant al mateix temps presentar com doctrina de l’Església el seu propi criteri, en matèries opinables».

[28] Carta 30-IV-1946, n. 21, citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., P. 71.

[29] Carta 9-I-1932, n. 45, citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., Pàg. 71-72.

[30] Una preocupació semblant s’adverteix en Joan Pau II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, nn. 59-60.

[31] Carta 24-X-1965, n. 17, citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., Pàg. 72-73

[32] Cf. Concili Vaticà II, Declaració Dignitatis humanae, 7-XII-1965.

[33] Cf. per exemple Joan Pau II, Enc. Evangelium vitae, 25-III-1995, n. 74.

[34] Cf. Ibíd., Nn. 71-73.

[35] Cf. la valoració crítica d’aquesta tesi continguda en la Enc. Centesimus annus, n. 46.

[36] Cf. Mt 22, 15-22.

[37] Cf. Ef 4, 15; Forja, n. 559.

[38] Carta 16-VII-1933, n. 14, citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., P. 83.

[39] Carta 9-I-1932, n. 66, citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., Pàg. 83-84.

[40] Cf. Carta 16-VII-1933, nn. 8 i 12; citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., Pàg. 84-85.

[41] Carta 31-V-1954, n. 19, citat en Cultura política y conciencia cristiana, cit., P. 70.

[42] Cf. Converses, cit., N. 29; cf. també el núm 22.