Mons. Octavio Ruiz Arenas: “La importancia de formación permanente para los nuevos evangelizadores”

S.E. Mons. Octavio Ruiz Arenas
Arzobispo emérito de Villavicencio
Secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización

El ambiente sinodal y la puesta en común de los principales desafíos para la evangelización

La Asamblea Sinodal se realizó dentro de un ambiente de oración, de respetuosa escucha, de diálogo enriquecedor con un gran espíritu de fraternidad, de comunión y de colegialidad efectiva y afectiva.

Un hecho importante durante la realización del Sínodo fue la inauguración del «Año de la Fe» justamente en la fecha en que se cumplían los 50 años del inicio del Concilio Vaticano II. Esta celebración y la homilía del Santo Padre constituyeron un marco de referencia, pues se trataba de resaltar la vigencia de este Concilio que, como decía Juan Pablo II en la Novo Millennio ineunte, ha sido la gran gracia que la Iglesia ha recibido en siglo XX y constituye como una brújula segura para orientar el siglo XXI (NMi 57) y, por lo tanto, es un instrumento de rico valor que ha de iluminar toda la reflexión y puesta en marcha de la nueva evangelización. No podemos olvidar que el Sínodo pretendía dar una luz sobre la transmisión de la fe cristiana, invitando a todos los cristianos a renovar el compromiso misionero y a redescubrir con plena conciencia e inmensa alegría los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y orada [1]. Los objetivos de dicho año fueron ampliamente subrayados en distintos momentos: hacer conocer y comprender la herencia del Concilio Vaticano II, estudiar a fondo el Catecismo de la Iglesia Católica, invitar a una auténtica conversión, animar y vivir la fe por la caridad, asumir un compromiso más decidido para poner en marcha la nueva evangelización, redescubrir el entusiasmo y la alegría de creer y tomar fuerza  y valentía para una renovación de la Iglesia.

Fue unánime el requerimiento de los Padres Sinodales para que toda la Iglesia lleve a cabo la nueva evangelización, aunque lógicamente sin pretender una uniformidad en el modo concreto de ponerla en marcha. Asimismo se dio un gran realce a la importancia de una iniciación cristiana de tipo kerigmático que ha de llevar a una sincera conversión y al deseo de conocer y seguir al Señor.

Para llevar a cabo dicha tarea se ponía de relieve la urgencia de la conversión personal, comunitaria y pastoral, una apertura de corazón, una actitud de gozosa acogida, una búsqueda de empatía hacia mundo que nos rodea para escuchar sus reclamos y acercarse a él con el fin de hacer crecer en él el reino de Dios.

Entre los grandes desafíos que se indicaron a lo largo de las jornadas sinodales se señalaron el secularismo, el agnosticismo, las repercusiones de la globalización, el influjo creciente de los medios de comunicación, la expansión del Islam, el fenómeno de las migraciones, la crisis económica, la pobreza, la realidad cambiante del mundo actual, la pérdida de valores, la crisis de la familia y la falta de respeto por la vida humana.

Asimismo se reconocieron muchos factores al interior de la Iglesia que están influyendo para poner en marcha la nueva evangelización, entre los cuales la valiente dedicación de tantísimos misioneros y misioneras, la creciente toma de conciencia de los laicos de sus compromisos bautismales, la labor educativa y caritativa de la Iglesia, el esfuerzo por poner la palabra de Dios al centro de la vida cristiana, la vitalidad de los movimientos eclesiales, la progresiva renovación catequética. Pero también se señalaron algunos factores negativos como la incoherencia de vida, la falta de verdadero testimonio, la pérdida de celo pastoral, la escasa formación de los fieles, el desconocimiento de los contenidos de la fe, el descuido de los padres de familia para transmitir la fe a sus hijos, los escándalos al interior de la Iglesia, la rutina y el poco interés por la liturgia, la desvalorización del sacramento de la penitencia y la pérdida de identidad de muchos cristianos.

Surgieron por lo tanto muchas iniciativas de tipo pastoral, entre ellas se subrayó la necesidad de favorecer una espiritualidad de comunión, la creación de pequeñas comunidades al interior de las parroquias, la fortificación del trabajo catequético, la práctica constante de la caridad, la importancia de un diálogo con la cultura actual, el potenciamiento del valor de la liturgia y de la vida sacramental, la necesidad una más íntima relación de la vida cristiana con la Palabra de Dios, la urgencia de saber poner las nuevas tecnologías digitales al servicio de la evangelización, el adecuado acompañamiento de la piedad popular, la importancia del catecumenado y la consiguiente creación de procesos de reiniciación cristiana. Pero uno de los puntos más recurrentes fue el de la necesidad de preocuparnos por la formación de los nuevos evangelizadores.

Urgencia de una sólida formación para los «nuevos evangelizadores»

Una de las mayores verdades que continuamente asomó en los distintos momentos de la Asamblea Sinodal,  y que se convirtió prácticamente en el espíritu de los trabajos sinodales, fue la certeza de que “la Iglesia existe para evangelizar”. Esta consigna, subrayada ya en el Vaticano II y en la Evangeli Nuntiandi (cf. AG 2; EN 14), indica que la identidad misma del pueblo de Dios es esencialmente acción y que su ser vale en la medida que hace que los hombres se encuentren con Jesús y se salven. Esta naturaleza activa compete no a una fracción o a determinados especialistas sino a la entera comunidad eclesial. Por eso el Sínodo, sabiendo cuánto ha ido creciendo esta conciencia al interior de la Iglesia, no ha dudado en ratificar que, en estos tiempos de nueva evangelización, la transmisión de la fe es responsabilidad de todos los bautizados [2]. Todos, en efecto, debemos afrontar con el evangelio los nuevos retos que el mundo plantea; todos debemos preocuparnos por hacer retornar a la fe a los que se han alejado; todos debemos renovar con un nuevo ardor nuestra vida de discípulos misioneros. Los “nuevos evangelizadores” debemos ser, por tanto, todos los miembros de la Iglesia.

En todas las fases del proceso sinodal la palabra “formación” estuvo presente. Si bien en pocas ocasiones estuvo acompañada del adjetivo “permanente”, la mayoría de las intervenciones lo suponía y, casi siempre, se refería no a un objetivo de la nueva evangelización sino a una condición previa a su realización. Aunque la nueva evangelización busca formar la imagen de Cristo en el hombre,  la insistencia primera del Sínodo fue que dicha tarea puede ser realizada eficazmente sólo por quien ya ha sido formado. Esta insistencia resonó sin cesar en el Aula Sinodal en los siguientes términos: «para evangelizar, la Iglesia necesita ser primero evangelizada» [3]. La expresión no hace otra cosa que ratificar la lógica según la cual no hay apóstol sin la existencia, primero, de un discípulo. La evangelización no es una acción espontánea de los hijos de Dios sino el resultado de un proceso gradual de apropiación y maduración de la fe en medio de una comunidad eclesial. Ciertamente, aunque es la gracia de Dios quien hace eficaz la predicación, la calidad de los testigos no se puede descuidar. Un testigo válido es aquel que se ha formado, es decir, aquel que, habiendo recibido el kerygma, ha comenzado un proceso de trans-formación de la propia vida en vida cristiana y un camino de con-formación o de seguimiento de la persona de Jesús. Si se quiere, en este contexto, formación no es otra cosa que un sinónimo de evangelización y por “formación permanente” pueden también ustedes entender “evangelización permanente”.

El tema de la continuidad en la educación ha sido ampliamente tratado en la reflexión pedagógica y ha sido ya asumido como una exigencia irrenunciable sobre todo en el campo de la educación superior universitaria. Varias razones justifican el carácter continuo de la labor educativa. Una de ellas es que la así llamada “educación formal” difícilmente puede ser completa, ya porque no alcanza a transmitir todos los contenidos de un campo del saber, ya porque lo hace a costa de la profundidad de los mismos. Además, el ser humano tiende a ser muy selectivo en su aprendizaje y esto lo conduce a olvidar no pocos contenidos adquiridos. La educación continuada constituye precisamente un medio para recordar los aspectos fundamentales de un área específica y favorecer su mayor profundización.

Otra razón estriba en los vertiginosos cambios, significativamente cualitativos, que se han venido presentando en múltiples campos del saber humano. Esta condición extrema, debida en buena parte al progreso de las ciencias y tecnologías, no solamente hace obsoletos algunos contenidos sino que también introduce otros nuevos. Hoy surgen sin cesar nuevas situaciones, nuevas prácticas, incluso nuevas realidades. El desarrollo continuo del conocimiento ha hecho que sólo quienes sean capaces de adaptarse a la evolución transformadora del saber, mediante la actualización y la especialización, mantendrán su vigencia e influjo en el concierto social.

Pero la razón principal radica en que la educación, más allá de transmitir contenidos o favorecer la adquisición de habilidades, consiste en el cuidado de la totalidad de la persona. Esto supone atender todas sus dimensiones ontológicas (intelectual, afectiva, síquica, social) durante todos los momentos de su existencia temporal.  A lo largo de la vida, el ser humano no deja de aprender. Su capacidad para asimilar nuevas experiencias en orden al crecimiento integral es grande. El hecho que la vida misma sea un incesante camino hacia la madurez hace de la educación continua una necesidad, sin importar el  período y la condición de vida.

Ahora bien, podemos trasladar estas razones al campo de la fe para justificar la importancia de la formación permanente también en la vida cristiana. Ante una creciente ignorancia religiosa en muchos de los que se profesan cristianos, incluso respecto a los mínimos doctrinales, ¿no es necesaria una educación que esté recordando y profundizando las verdades fundamentales, relativas a la fe como a la moral? ¿No se deberían subsanar los vacíos que la formación inicial o catequesis pre-sacramental pudo haber dejado en la inteligencia de los fieles? De alguna manera, la invitación del papa a estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica y, particularmente, a profesar en modo consciente el Símbolo, son un indicativo de la necesidad de “repasar” los contenidos esenciales que forman parte del propio patrimonio de fe. Varios padres sinodales notaron también la necesidad de una formación que permita contrarrestar el profundo desconocimiento de la propia fe por parte de muchos bautizados.

Igualmente, como lo había indicado el Concilio Vaticano II,  el mundo se renueva y sus continuos cambios retan la vida de los cristianos. Justo en el proemio de la declaración sobre la educación se lee:  «la verdadera educación de la juventud, e incluso también una constante formación de los adultos, se hace más fácil y más urgente en las circunstancias actuales. Porque los hombres, mucho más conscientes de su propia dignidad y deber, desean participar cada vez más activamente en la vida social y, sobre todo, en la económica y en la política» [4]. Una constante de la sociedad actual es el cambio permanente. Nuevas situaciones exigen ser discernidas e iluminadas con la luz del evangelio por parte de los cristianos. La formación permanente permite entonces a los bautizados comprender, discernir y adaptarse a las transformaciones de la cultura. Por eso un padre sinodal tenía razón cuando afirmaba que el aggiornamento es un sinónimo de la nueva evangelización. No es una simple  puesta al día; se trata más bien, de aprender a iluminar y salar, con pertinencia, la historia presente de los hombres.

También la última razón es más que válida. La vida cristiana es un camino orientado hacia la hacia la plenitud de la madurez en Cristo (cf. Ef 4, 13). En cada ciclo vital de este proceso se busca un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser, de servir y de amar [5]. Además, en este camino de perfección hay realidades que requieren buen tiempo para ser comprendidas con los ojos de la fe. Puesto que el sujeto de la formación es el creyente en cada fase de la vida, el término de la formación es la totalidad de su ser, llamado a buscar y amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas” (Dt 6, 5) y al prójimo como a sí mismo.

Cristo, raíz y fuerza para la formación permanente

Pero además de estos motivos, existen algunas razones teológicas que nos explican por qué es importante la formación permanente para los nuevos evangelizadores. La principal de ellas es que «Dios es el primer y gran educador de su Pueblo» [6]. La raíz y la fuerza de la formación cristiana se encuentran en Él; el obrar de su gracia es un continuum en la vida de sus hijos. En efecto, el Padre, mediante el Espíritu vivificante en su Iglesia, está siempre asesorando la vida de los creyentes para que se conformen a Cristo, su Hijo. Sus signos y mociones pueden ser percibidos sólo por un corazón atento y vigilante a su Palabra. También su gracia llega continuamente en forma de llamada universal a la santidad y de vocación específica en un estado de vida particular. Esta gracia de la vocación «es una fuerza sobrenatural, destinada a asimilar progresivamente y de modo siempre más amplio y profundo toda la vida y la acción de los hijos de Dios» [7]. La formación permanente permite entonces discernir mejor las nuevas indicaciones con las que Dios precisa y actualiza la llamada inicial. Es un medio precioso para favorecer el crecimiento y la maduración de la propia vocación [8]. Las mismas palabras de san Pablo a Timoteo, «Te recuerdo de reavivar el don de Dios, que está en ti » (2 Tim 1, 6), hacen pensar la formación permanente como una necesidad intrínseca a la concesión de los dones divinos de la gracia [9].

Una segunda razón deriva del vínculo entre formación, renovación y misión. Para entenderlo, podemos recurrir a la imagen bíblica de la vid y los sarmientos que tan bellamente usó el Juan Pablo II en la Christifideles Laici. Sabemos bien que el texto del evangelio de Juan da un valor especial al verbo permanecer y que Jesús es muy claro a la hora de mencionar los efectos que produce en el sarmiento la acción constante de vivir unido a la vid (Jn 15,1-17). El primer efecto es la vitalidad en contraposición con la sequedad. El segundo es la producción de mucho fruto.

El que permanece con Jesús, como él permanece en nosotros, se nutre continuamente de un amor que le permite mantener la frescura, es decir, la capacidad de estar siempre limpio (Jn 15,1-2). «Es de particular importancia –escribe el papa Juan Pablo II– la conciencia de que la labor formativa es tanto más eficaz cuanto más se deja llevar por la acción de Dios: sólo el sarmiento que no teme dejarse podar por el viñador, da más fruto para sí y para los demás» [10]. La novedad del cristiano consiste precisamente en esta lozanía de vivir siempre limpios, siempre santos, desterrando lo caduco, el hombre viejo. Pero el sarmiento no permanece en la vida solamente para permanecer fresco sino para dar fruto, un fruto abundante y duradero que, en el texto de Juan 15, no significa otra cosa sino  la reproducción de la vida de Cristo: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12.17). El proceso de madurez cristiana termina con la capacidad de dar siempre más fruto, es decir, de anunciar continuamente con las obras la Buena Nueva, el Evangelio de Jesucristo. Las palabras de Jesús: «El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5), hacen depender la renovación y la misión, o si se quiere la novedad y la evangelización del creyente, de la permanencia con Jesús.

Finalmente vale anotar que en la Christifideles Laici el papa retoma la definición de formación sugerida por los padres conciliares del Sínodo de 1987, en la cual ya está incluida la nota de permanencia como su característica natural: «la formación cristiana es un continuo proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre, con la guía del Espíritu Santo» [11].

Reduccionismos a evitar en la formación de los nuevos evangelizadores

Después de estas consideraciones algunas conclusiones son claras. La primera es que sería muy reductivo asociar la formación permanente a cursos, estudios, conferencias o actividades similares. Ellas son importantes, pero solo como concreción de una realidad que es, ante todo, espiritual: la capacidad de vivir en Dios y de hacer que toda experiencia de vida sirva para adquirir la forma de Cristo (Ga 4,20). Exclamar, como Pablo: «no soy yo, es Cristo quien vive en mí» ( Gal 2, 20) no depende tanto de las actividades formativas cuanto de la capacidad de cultivar la amistad con Dios.

En segundo lugar, queda claro que un auténtico proceso formativo no se puede limitar temporalmente, reduciéndolo únicamente a una fase inicial o a algunos momentos de mayor intensidad catequética. Más bien, la formación inicial debe engarzarse con la formación permanente creando en la persona la disponibilidad para dejarse formar cada día de la vida. Por esto durante el Sínodo se evidenció la conciencia general de que no basta con introducir a los hombres a la fe mediante el anuncio del kerygma y la catequesis per-sacramental. Es necesario garantizar un proceso mistagógico permanente o, como lo expresaban los Lineamenta, es preciso “dilatar el concepto de catequesis”  de modo que la transmisión de la fe no se asocie a momentos ocasionales de la vida sino a la entera vida cristiana. En otras palabras, no basta plantar. Es necesario también regar.

En tercer lugar, es claro que cualquier acción formativa vaya orientada no sólo a una dimensión de la persona  sino a darle un sentido a toda su existencia, a suscitar un estilo de vida que, en nuestro caso, ha de ser el de un «discípulo-misionero». Este es el contenido de la formación permanente. Muchas veces, la catequesis pre-sacramental se orienta debidamente a preparar al sacramento pero olvidando el entronque  con la entera vida cristiana. También a veces se hace todo para crear buenos discípulos pero poco o nada se hace para que ellos tomen conciencia de su ser evangelizador y, al contrario, a veces se exige el compromiso misionero sin haber favorecido antes un encuentro vivo con Jesucristo. Como señaló un padre sinodal: «En la catequesis es de fundamental importancia tener fijo un objetivo claro: la formación de discípulos maduros, capaces de vivir en el ritmo de la adoración, de la comunidad y de la misión». A propósito, el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Aparecida, ofrece unas páginas muy ricas de contenido y orientación pastoral sobre esta formación de discípulos misioneros.

Finalmente, estas consideraciones dejan ver que tanto desde la antropología como desde la teología, la formación permanente es una realidad propia del mundo de los adultos. Para ella, ya no es indispensable una sólida  institucionalización ni tampoco la dependencia a un tutor. Su protagonista es la persona misma que, gracias a la educación formal o a la formación inicial, aprendió a aprender, es decir, adquirió el hábito de seguir creciendo por sí misma y de saber encontrar las mediaciones propicias para lograrlo. A su vez, este tipo de persona, madura y responsable con su propia vocación, es el más apta para enseñar a los demás a aprender. El papa, siempre en la Christifideles Laici, expresa bien este punto afirmando: «no se da formación verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo la responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura esencialmente como “auto-formación”. Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a la vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás» [12].

Sólo los creyentes que han logrado encontrarse con Jesucristo vivo y se han renovado en él, es decir, que han sido evangelizados y se dejan evangelizar, alcanzan la madurez suficiente para ser, a su vez, evangelizadores, en cuanto testigos válidos del Evangelio. El movimiento de este círculo continuo entre evangelizado y evangelizador, entre el discípulo y el misionero, está mediado por la constante evangelización, en cuanto que el discípulo está llamado a comunicar y transmitir vivencialmente su experiencia de encuentro personal con Jesucristo. No se puede ser auténtico discípulo sin ser misionero y viceversa.

Aportes sinodales sobre la formación permanente

Bien sabemos que al interior del Pueblo de Dios existen distintos carismas y ministerios que han de ponerse al servicio de la proclamación del Evangelio. Cada uno de los fieles, según su estado propio dentro de la Iglesia, no sólo debe cumplir su tarea como discípulo-misionero colaborando activamente en la evangelización, sino que debe prepararse de manera adecuada y constante, ya que ha de anunciar un mensaje que sobrepasa su conocimiento y que transmite la experiencia vital de su encuentro con el misterio de Cristo.

Durante las intervenciones en el Aula sinodal los Padres distinguieron con bastante claridad la necesidad de una formación permanente dirigida a los fieles laicos, a los sacerdotes y a las personas de vida consagrada, señalando algunas particularidades e insistencias. Veamos brevemente una síntesis de dichas intervenciones.

    1.  Los laicos: Aprender la doctrina, el arte del diálogo y el ejercicio de la caridad

Durante el Sínodo fue reconocido en modo especial el papel del laico en la obra evangelizadora. Muchas palabras estuvieron dedicadas a exaltar y alentar su compromiso misionero, su espíritu comunitario y su creciente amor por la Palabra de Dios. También sobre su formación, considerada prioridad pastoral en estos tiempos de nueva evangelización, hubo múltiples pronunciamientos. Una atención especial ocupó el tema de la formación de los padres de familia, del educador o maestro −a quien se propone explícitamente como objeto de formación permanente−, de los jóvenes y del cristiano comprometido en instancias públicas y políticas. Sin embargo, el tema de la formación de los catequistas mereció una atención especialísima. De hecho, así como en otros tiempos el mártir, el eremita o el místico prefiguraban el ideal del cristiano, podría pensarse que, en estos tiempos de nueva evangelización, la figura del catequista se levanta como modelo del creyente, en cuanto discípulo que debe saber transmitir la fe.

En general, a partir de los trabajos sinodales se pueden descubrir tres énfasis en la formación permanente de los laicos. El primero se origina en la constatación de que muchos bautizados conocen poco el objeto y contenido de lo que creen y su fe depende entonces más de la fuerza de la tradición y de las costumbres que de una real asunción libre y consciente de la especificidad cristiana. De aquí la necesidad de crecer en la inteligencia de la propia fe, lo que supone –siguiendo el Catecismo− un buen conocimiento de los aspectos doctrinales, litúrgicos, morales y espirituales que configuran la vida cristiana y que tienen como fuente el misterio de Cristo Salvador.

Por otra parte, se ha señalado la necesidad de invertir esfuerzos para que los laicos, dada su específica vocación, puedan ser interlocutores válidos con el mundo de hoy. En este sentido, el Sínodo insistió en un doble objetivo de la tarea formativa: por una parte, que ellos puedan mostrar que la adhesión a la fe cristiana no entra en contradicción con la razón humana, por otra, que puedan defender la fe ante la multiplicación de instancias ideológicas que atacan el evangelio considerándolo anacrónico o banal para  los tiempos de hoy. Las palabras de Juan Pablo II siguen siendo perentorias: « Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de “dar razón de la esperanza” que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy» [13].

Además de la inteligencia doctrinal y de la capacidad de dialogar, la Doctrina Social de la Iglesia es un recurso invaluable para la formación continua de los laicos. Un padre sinodal afirmó: «Muchas personas son hoy más sensibles a las cuestiones de los derechos humanos, de la justicia, de la ecología, de la lucha contra la pobreza, a los temas que tocan la vida concreta de las personas y los problemas comunes de las naciones. Por esta razón, la puerta de acceso a la evangelización puede ser efectivamente el mundo de lo social» [14]. Y puesto que son los laicos quienes mejor pueden llegar a estos contextos (cf. LG 31.33; GS 43; AA 2), su continua formación en las consecuencias sociales y políticas de la fe cristiana acrecentará su fuerza misionera.

En todo este contexto, la parroquia deberá constituirse para los laicos en el lugar privilegiado de su formación.

    1. Los pastores: Formación para la santidad.

Si a lo largo del Sínodo fue quedando cada vez más claro que la nueva evangelización implica sobre todo el crecimiento de la vida espiritual y la búsqueda de la santidad, también fue acrecentándose el reclamo fraterno dirigido a los pastores de la Iglesia, obispos y sacerdotes, para que sean ellos los primeros en ser testigo de la santidad de vida y ser auténticos hombres de Dios. La proposición 49 de este Sínodo dice al respecto: «Las personas buscan testigos auténticos y creíbles en sus obispos y presbíteros […] Para que ellos estén adecuadamente preparados para la obra de la Nueva Evangelización, el Sínodo confía en que se cuide de formarlos en una espiritualidad profunda, en una doctrina sólida, en la capacidad de comunicar la catequesis y en una toma de conciencia de los modernos fenómenos culturales».

De estos cuatro reclamos formativos, me atrevería a decir que el más sentido durante la experiencia sinodal fue el de una “espiritualidad profunda”. ¿Por qué tantas predicaciones inadecuadas? ¿Por qué la falta de celo apostólico y de simplicidad en los sacerdotes? ¿por qué no todos muestran agrado en confesar? ¿por qué parece haber bajado sus niveles de carisma, de cultura, de confianza en el propio ministerio? Tal vez buena parte de estos malestares, expresados en el Aula sinodal, se originan, justamente, en esa falta de profundidad, lo que no significa descuido o inexistencia del cultivo espiritual. El problema aquí es de calidad. Por eso, los tantos y tan variados esfuerzos emprendidos en muchas diócesis para garantizar centros, programas e itinerarios de formación permanente para el clero deberían anclarse aún más en el terreno seguro de la Palabra de Dios, para formar en una espiritualidad centrada en Cristo, basada en la Palabra y orientada al mundo. En pocas palabras, la formación de quienes deben conducir la Iglesia por la vía de la santidad requiere hoy silencio y contemplación.

También hoy, más que antes, es necesario insistir en la urgencia de darle mucha importancia a una seria formación humana, sobre la cual han de descansar los demás aspectos de la formación sacerdotal.  No se puede olvidar que el presbítero es una persona escogida, llamada de entre los hombres, para servir a la Iglesia y, por ende, a sus hermanos. Su humanidad es un componente esencial de su sacerdocio, el cual debe vivirlo como hombre auténtico, no como alguien caído del cielo o, menos aún, como un ser huraño y ajeno a las personas que lo rodean y a quienes debe servir. Desde un principio se debe ayudar al candidato al sacerdocio para que sea un hombre simple, sincero, lleno de bondad, cordial, acogedor, compasivo, leal, que sepa amar y que sea confiable.

    1. Los religiosos: Aprender a manifestar la primacía de Dios

Los Padres sinodales tuvieron un gran reconocimiento a la valiosa contribución que ha tenido la vida consagrada, tanto masculina, como femenina, a la labor evangelizadora.  «La Iglesia ha sido bendecida por el ministerio y el testimonio de hombres y mujeres en la vida consagrada, los cuales continúan llevando el amor de Cristo al mundo a través de numerosas y diversas actividades. La vida consagrada es, en sí misma, un signo que indica a los demás la verdad del Evangelio» [15]. De modo especial les animaron para que sigan realizando la formación de las nuevas generaciones, ya que el apostolado de muchas comunidades religiosas está vinculado a la tarea educativa.

Ahora bien, si el Magisterio ha repetido en varias ocasiones que la formación permanente es una “exigencia intrínseca” de  la vocación y misión de los obispos y sacerdotes, otro tanto ha afirmado de los religiosos [16]. Esta formación permanente para la vida consagrada ha de estar encaminada a dar fuerza y fundamento a la identidad y al testimonio de vida, a reforzar el espíritu misionero y la valentía para tener constante disponibilidad para evangelizar, saliendo al encuentro de los nuevos areópagos de misión. A través de la vivencia de su propio carisma y de la intensidad de su vida comunitaria, los hombres y mujeres de vida consagrada aleccionan al mundo sobre los verdaderos valores que construyen la comunidad humana querida por Dios.

Y dado que el Sínodo ratificó lo dicho por el Santo Padre acerca de la actual emergencia educativa que consiste, fundamentalmente, en nuestra incapacidad de transmitir a las nuevas generaciones los valores evangélicos −aquellos que conducen a la persona a su plenitud y a comprometerse con el bien común−, es inevitable orientar nuestra mirada hacia los consagrados como esperanza para superar esta crisis. Sin embargo, la sal no se puede volver sosa y, como también se mencionó en el Aula sinodal, los consagrados deben resistir las varias seducciones que, en estos tiempos, tienden a alejarlos sutilmente de la fidelidad al propio carisma.

Así, pues, las casas de formación para los religiosos y los seminarios para los sacerdotes, que son los lugares de la formación inicial de estos nuevos evangelizadores, tienen el gran reto de enseñar a aprender. El discípulo que aprende a aprender asegura su continua renovación y garantiza el compromiso en la misión.

Epílogo

Teniendo en cuenta esta mirada de conjunto y, particularmente, lo que los Padres sinodales han señalado en relación con la necesidad e importancia de la formación de los “nuevos evangelizadores”, podemos percibir la riqueza de las intervenciones en el Aula sinodal. El Sínodo recogió el espíritu y la doctrina del Vaticano II, asumió con gran empeño las llamadas urgentes a realizar una nueva evangelización que repetidamente han hecho Juan Pablo II y Benedicto XVI y, al mismo tiempo, quisieron encuadrar todo dentro de los objetivos del Año de la Fe.

Los nuevos evangelizadores requieren de una formación permanente que les capacite espiritual, doctrinal y pastoralmente para ayudar a que todo el pueblo de Dios pueda «redescubrir y estudiar los contenidos de la fe», «confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza», «intensificar el testimonio de la caridad» y, de acuerdo a su propio estado de vida, celebrar la fe con gozo en la liturgia, sobre todo en la Eucaristía.

Puesto que todavía se hace fatigoso en algunos sectores proyectar y llevar a cabo procesos bien estructurados de formación permanente y, sobre todo, lograr la convicción de la necesidad y urgencia de ellos, es muy importante recordar lo que el mismo Sínodo de los obispos ha recomendado vivamente: tener la humildad y el coraje de una conversión pastoral. Esta categoría, surgida de modo especial en la reflexión pastoral latinoamericana, ha venido tomando fuerza e indica un proceso mediante el cual una comunidad cristiana revisa, a la luz del Evangelio, su propio estilo de vida y las prácticas e instituciones que expresan su propia vocación. Y en este sentido, se hace necesaria una evaluación permanente de los procesos pastorales y de los programas de evangelización, no sólo en cuanto se refiere a prácticas y contenidos, sino sobre todo a la adecuada preparación de quienes quieren colaborar activamente en la tarea evangelizadora de la Iglesia, a fin de que el trabajo misionero esté plenamente al servicio de la instauración del Reino de Dios.


[1] Benedicto XVI, Carta Apostólica Porta  fidei, n.7

[2] XIII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Mensaje, 8: «La obra de la evangelización no es labor exclusiva de alguien en la Iglesia sino del conjunto de las comunidades eclesiales».

[3] XIII Asamblea Ordinaria del Sinodo de los Obispos, Instrumentum Laboris, 22: «Puede evangelizar solo quien a su vez se ha dejado y se deja evangelizar, quien es capaz de dejarse renovar espiritualmente del encuentro y de la comunión vivida con Jesucristo. Como lo ha testimoniado el apóstol Pablo: «He creído, por eso he hablado» (2 Cor 4, 13).

[4] Concilio ecuménico Vaticano II, Declaración sobre la educación cristiana Gravissimum educationis, Proemio.

[5] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción Volver a partir de Cristo: Un renovado compromiso de la vida consagrada en el Tercer Milenio (19 de Mayo 2002), 15.

[6] Exhortación apostólica Christifideles Laici , 61

[7] Congregación para el Clero, Directorio para la vida y el ministerio de los presbíteros, 69 (Las palabras son usadas en referencia al sacramento del Orden pero pueden ser aplicadas a la vida de todo cristiano).

[8] Exhortación apostólica Pastor Gregis, 24.

[9] Ibid.

[10] Christifideles Laici , 61

[11] Christifideles Laici , 57

[12] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici , 53

[13] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici , 60.

[14] S. Em. R. Card. Peter Kodwo Appiah TURKSON, Presidente del Pontificio Consiglio della Giustizia e della Pace (CITTÀ DEL VATICANO), Intervención en el Aula; proposición 24

[15]  Card. Donal Wuerl,  Relatio post-disceptationem.

[16] Cf. Juan Pablo II, Exhortación Postsinodal Vita Consacrata, n.69.

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