Fe y opinión pública. La prensa ante la pugna entre laicismo y religión

FE Y OPINIÓN PÚBLICA. LA PRENSA ANTE LA PUGNA ENTRE LAICISMO Y RELIGIÓN

María-Paz López, periodista de “La Vanguardia”, ex corresponsal en Roma

1. El mandato informativo de los medios de comunicación no confesionales. Concepto de línea editorial. La quimera de la objetividad

       Los medios de comunicación no confesionales utilizan criterios profesionales laicos al abordar las informaciones. En cambio, los medios de comunicación confesionales tienen una lógica propia y distinta, una voluntad evangélica que no tiene un medio no confesional, aunque luego ese medio no confesional pueda ser -y sea- muy respetuoso con el hecho religioso, en función del perfil de sus lectores. Pero un medio no confesional no tiene ninguna obligación de hacer proselitismo; se dirige a un lector generalista, no necesariamente católico, pero también católico.

        Los sacerdotes tienen un mandato evangélico; los periodistas tienen un mandato informativo. Y la profesión periodística es también vocacional.

        En general, se entiende línea editorial como el conjunto de valores y criterios que guían a la redacción a la hora de arbitrar los temas de actualidad: la manera de jerarquizar las noticias en la página, el enfoque, el tono, la especial atención hacia algunos temas… La línea editorial hace que la redacción de un diario sea algo más que la suma de las cualidades personales de los periodistas que la componen; le da cierta unidad al producto informativo.

        Línea editorial no es sinónimo de línea política. Las más de las veces expresa también una línea política, raramente confesada, pero tiene que ver también con un conjunto de decisiones en cierto modo subjetivas: ¿qué temas se van a tratar? ¿A quienes vamos a entrevistar? ¿Qué noticias pondremos en primera plana?

        Así pues, hay un grado de subjetividad en esa elección de temas, pero eso no quiere decir que no se traten con objetividad, o mejor dicho, con voluntad de objetividad.

De todos modos, la objetividad está un tanto mitificada, y su mito se asienta sobre dos premisas:

1. El periodista puede y debe hacer una presentación estrictamente objetiva de la realidad.

2. De acuerdo con lo anterior, es posible separar la exposición de los hechos de su evaluación crítica.

En realidad, eso es imposible. Sin embargo, a día de hoy suele considerarse buena praxis periodística la búsqueda de la objetividad a nivel técnico, es decir, la voluntad por presentar todos los aspectos del problema, a favor y en contra, dentro del mismo texto. En general, un periodista, cuando siente que ha hecho eso, se queda tranquilo.

Con todo, también eso es relativo. Ejemplo: los disparos contra una congresista demócrata en Tucson (Arizona) que acabaron con la vida de seis personas. Es plausible que, a raíz de ese suceso, en Estados Unidos algún medio haya publicado un reportaje sobre la pena de muerte para este tipo de asesinos. Pero un reportaje así, respetando escrupulosamente el criterio objetivo del 50% a favor y 50% en contra, sería factible en un diario estadounidense. En uno europeo, no, porque, dada la mayoritaria oposición a la pena de muerte en la opinión pública europea, probablemente ningún diario se plantearía siquiera poner por escrito un 50% de argumentos a favor de la pena de muerte.

 

2. Religión, secularización, laicismo y laicidad. Percepción de estos conceptos en la prensa y en la sociedad occidental. ¿Puede hablarse de “guerra cultural”?

        No se trata aquí de definir esos conceptos, sino más bien de analizar cómo los percibe un periodista, y cómo los maneja al abordar su trabajo.

SECULARIZACIÓN

A veces se entiende como una ausencia de Dios o de la religión en la vida pública, frente a un tiempo pasado en que sí estaba muy presente. Otras veces se entiende como una disminución de la fe o de la observancia en la época contemporánea. Casi siempre se aplica a la sociedad occidental, es decir, a una sociedad de tradición cristiana, sea o no católica.

Casi siempre se analiza como un proceso, es decir, como un tránsito desde una sociedad en la que creer en Dios es -era- incuestionable y no problemático, a una sociedad en la que creer en Dios es una opción, y normalmente no es siquiera la opción más fácil. Los no creyentes suelen considerar que, en ese tránsito, la institución religiosa se resiste a abandonar una posición de preeminencia y control en la esfera pública, cuando, a su juicio, la fe debería circunscribirse a la esfera privada.

LAICISMO Y LAICIDAD

En general, quienes no están familiarizados con este debate, tienden a identificar ambos conceptos.

Casi todos ven la laicidad como una sana separación entre Iglesia y Estado (a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César). Los no creyentes suelen mezclar esta idea con la de laicismo, mientras que los creyentes asocian laicismo a ideología, a un -ismo. La Iglesia católica, por su parte, argumenta que el laicismo es una postura ideológica que no tiene nada que ver con la laicidad real.

RELIGIÓN

Al pensar en religión, un periodista medio en España piensa en la Iglesia católica, y la asocia a:

*  Sistema de creencias en torno a Dios

* Dogma (muy común en periodistas no creyentes), reglas, prohibiciones, vetos,  …

* Autoridad, es decir, capacidad de control sobre terceros (en periodistas creyentes, se habla más de comunión)

* Un actor más de la vida pública, antagonista de la modernidad; el periodista creyente ve el laicismo como una corriente que se vale de determinados partidos, gobiernos o instituciones  para atacar a la Iglesia

* Voluntad de imponer un moral de parte a la totalidad. Ejemplo clásico esgrimido por el mundo secular: la Iglesia prohíbe divorcio y aborto, pero como una ley civil no obligaría a nadie a divorciarse ni a abortar, ¿por qué prohibirlo a quien sí quiere? La Iglesia, por su parte, argumenta que se trata de derecho natural.

En la sociedad occidental, y en España con sus peculiaridades históricas, hay una pugna entre laicismo y religión. Es innegable, pero ¿puede hablarse de “guerra cultural”, que viene a ser un choque de ideas entre dos visiones del mundo, ambas convencidas de ser depositarias de la verdad? Parece más bien una tensión sostenida, con picos de conflicto entre periodos más largos de mutua no beligerancia. Laicistas y creyentes parecen llevar en España vidas paralelas en compartimentos estancos.

3. Ingredientes de la noticia. Casos de pederastia en la Iglesia católica versus labor callada de sacerdotes y religiosos en el  mundo

Qué es noticia suele estudiarse en primer curso de Periodismo. Aquí están los ocho elementos de la química informativa que, pese a los nuevos soportes tecnológicos surgidos, siguen siendo el abecé de la profesión.

Analicemos la crisis informativa por las revelaciones sobre pederastia cometida por sacerdotes y religiosos, y veremos que tiene todos los ingredientes.

1. Inmediatez.          Es típico de las revelaciones; “breaking news”, un  corte en el flujo normal de los acontecimientos.

2. Proximidad. Axioma por el que, periodísticamente, son más relevantes tres españoles muertos en un accidente que cien chinos ahogados en unas riadas en China. Es un criterio brutal, porque se trata siempre de vidas humanas, pero es así. En el caso de abusos sexuales y clero, había proximidad espacial y cultural; los casos se produjeron en países próximos, occidentales, geográficamente no lejanos.

3. Prominencia.  El Papa y la Iglesia católica son importantísimos.

4. Singularidad/Contraste. Es noticia lo no esperable. Ejemplo clásico: si un perro muerde a un hombre no es noticia, pero si un hombre muerde a un perro sí. En este caso, era singular que quien cometía los abusos era alguien cuya vocación de servicio debería alejarle -mucho más que a otros- de semejante conducta.

5. Conflicto.  Es evidente que esta situación lo genera.

6. Suspense. Hay incógnitas sobre la magnitud de lo sucedido, la identidad de víctimas y agresores, el alcance de las responsabilidades dentro de la jerarquía, …

7. Emociones. Hay muchas implicadas: indignación, perdón, ira, compasión, vergüenza, …

8. Consecuencias.  Se abren interrogantes: qué medidas tomará el Papa, qué acciones emprenderá la justicia civil, el destino de víctimas y agresores, …

        Esta noticia concreta ha cabalgado además sobre un conjunto de percepciones ya existentes en buena parte de la sociedad, de prejuicios, dudas y desconfianzas hacia la Iglesia de una sociedad como la occidental, que tiene el recuerdo histórico de “deudas pendientes”.

Por otra parte, un lamento escuchado a menudo en el ámbito eclesial es: ¿por qué la prensa da tanto espacio al tema de la pederastia, y no habla de la callada labor de miles de sacerdotes y religiosos en el mundo?

Apliquemos los ocho criterios anteriores a una posible información publicable sobre la buena labor de uno o varios sacerdotes ejemplares.

1. Inmediatez.  No se da  un corte en el flujo normal de los acontecimientos, salvo en el caso del asesinato de misionero en un país conflictivo, por ejemplo, que sería “breaking news”.

2. Proximidad. Sí se da, pero la misma que presentan médicos, tenderos, maestros, empleados de limpieza, … mientras no se produzca una ruptura en el curso normal de los acontecimientos.

3. Prominencia. Raramente se da o se ha dado, salvo en el caso estelar de la madre Teresa de Calcuta.

4. Singularidad. ¿Qué tiene de singular la labor constante y callada de un colectivo, sean curas o enfermeras? Es lo esperable.

5. Conflicto. No hay, salvo en el caso del misionero asesinado.

6. Suspense. No hay; se trata de una situación de normalidad.

7. Emociones. Sí las hay, pero sostenidas, constantes, normales.

8. Consecuencias. Desde luego que las hay; su labor genera buenos resultados, pero también sostenidos. Sería noticia sólo si se tratara de una consecuencia desproporcionada respecto a los pocos medios empleados, por ejemplo.

Conclusión: la normalidad no es noticia 

4. Qué busca la audiencia en un medio de comunicación, y cómo influye la opinión pública en los medios. Quién configura a quién.

Se considera opinión pública la tendencia o preferencia, real o estimulada, de una sociedad respecto de determinadas cuestiones. Es un concepto vago, que va casi siempre ligado a los sondeos y a las estadísticas.

Para un periódico, la opinión pública que cuenta es, sobre todo, la de sus lectores, y la mayoritaria dentro de la sociedad. Revisemos la tipología de lectores, según su grado de religiosidad. 

TIPOS DE LECTORES

A) Lector católico. Se aprecian dos categorías:

        1) El que quiere ver reconfirmadas sus creencias religiosas en el diario que lee. Esto vale también para creencias políticas y deportivas. Espera del periodista que aborda asuntos religiosos una voluntad evangelizadora o, como mínimo, combativa en la defensa.

        2) El que, desde una perspectiva creyente, espera del periodista que en informaciones sobre religión le proporcione todos los aspectos del problema, no única y exclusivamente los aspectos “pro-católicos”, pero también los aspectos “pro-católicos”, y no sólo lo negativo.

B) Lector no creyente. Se aprecian también dos categorías, similares al del lector-tipo anterior:

        1) El que no le interesan las informaciones sobre religión, a menos que le permitan escandalizarse porque reafirman sus creencias sobre una Iglesia católica invasiva, prepotente, hermética ante la modernidad, y sustancialmente perjudicial. Espera del periodista una militancia laicista, un trabajo de “denuncia”.

        2) El que no es creyente, o está bautizado pero no es practicante, representante del llamado “catolicismo sociológico”, que lee noticias y reportajes sobre religión de vez en cuando, o raramente, y que las más de las veces no está de acuerdo con las razones de la Iglesia, pero considera que merece la pena escucharlas.

        En España abunda más la categoría número 1 de ambos grupos, es decir, la del que quiere ver reconfirmadas sus posturas personales. Y hay periodistas que, dentro del atenerse a la línea editorial de sus respectivos medios, apuestan por esa categoría de audiencia, es decir, por la exacerbación del mensaje. Porque eso refuerza el caché de esa firma, da una presunta coherencia a toda su producción, y facilita el trabajo, porque está claro para el periodista “quiénes son los buenos y quiénes son los malos”.

Además, el periodismo de la impertinencia está de moda, en prensa, televisión y radio, sobre todo desde que el fenómeno de las tertulias se ha trasladado a la prensa escrita. Se escucha o lee cada vez más ese tono respondón, agresivo y “lleno de razón”, que hace que un columnista -del color que sea- se labre su legión de seguidores, generalmente entusiastas. Luego, esos lectores escriben cartas al director, alabando tal o cual artículo de ese autor; son lectores de la categoría 1, y ayudan a prosperar una firma.

En cambio, la categoría número 2, que estaría compuesta por esos lectores respetuosos y con sentido crítico, no da mucho juego, porque esos lectores no suelen ser “reactivos”. En realidad, son los lectores más deseables, sean o no creyentes, sea cual sea su color político, pero en España no son la mayoría.

 

5. El periodismo actual. Multiplicación de canales, crisis del modelo clásico y exacerbación de los mensajes. La preeminencia de la opinión y los peligros de la precariedad laboral en la profesión periodística.

        En una entrevista en “La Contra” de “La Vanguardia” publicada el 10 de enero del 2011, el economista alemán Max Otte hacía algunas afirmaciones que vale la pena reseñar aquí:

“Hoy disponemos de decenas de cadenas de televisión; miles de portales de internet y decenas de miles de blogs, pero estamos peor informados que hace 30 años: más desinformados y por ello más manipulables.”

“Pero masa no quiere decir calidad. Al contrario: se han multiplicado, pero también empobrecido los contenidos. La mayor parte de los textos e imágenes que nos sirven –gratis– en todo tipo de pantallas ni aportan nada ni son fiables. Constituyen una cacofonía insulsa de mensajes caóticos y banales.”

“Antes las empresas informativas de referencia servían información-interpretación jerarquizada por periodistas serios, bien pagados y relativamente independientes.”

Los periodistas están siendo sustituidos por una nueva ola de meros  gestores de contenidos, aleccionados para limitarse a obtener más clics en las noticias. Ya no deben interpretar y jerarquizar contenidos por importancia o interés, sino sólo por su audiencia inmediata. De esa forma nos  desinforman.”

“El lector desinformado acaba por conformarse con los contenidos más superficiales.”

        Ademas, existe, al menos en España, una inflación de opinión en los medios de comunicación. Hay un famoso dicho histórico en la profesión. Lo acuñó en 1921 el periodista británico Charles Prestwich Scott, director del “Manchester Guardian”, hoy “The Guardian”. Escribió: “Comment is free, but facts are sacred”.  Es decir, “los hechos son sagrados, las opiniones son libres”.

Sin embargo, ahora parece al revés, y esta es una broma amarga que circula por las redacciones de los diarios: las opiniones son sagradas, y los hechos son libres. Los mensajes se han exacerbado, son cada vez más esquemáticos y ajenos al matiz, … y muchos periodistas los practican, incluidos periodistas católicos que, con la excusa de que empuñan la cruz, se saltan reglas como la voluntad de búsqueda de la objetividad.

Otro peligro para la información es la precariedad laboral: el periodista que no tiene sueldo fijo mensual, sino que cobra a tanto la pieza, va a hinchar cualquier información con tal de que se publique, para así cobrar. Es humano. Y eso perjudica el rigor informativo.

Al final, es paradójico, pero ahora que con la globalización:

        a) la sociedad es cada vez más compleja, problemática y sofisticada

        b) que por tanto cuesta más explicarla

        c) que hay una multiplicación de canales informativos, que en teoría permiten mayor pluralismo y debate de opiniones

        … resulta que en los ciudadanos, en la sociedad, hay cada vez más un rechazo frontal de la complejidad. Entre los periodistas existe la convicción de que la mayoría de la gente no quiere leer, escuchar o ver cuestiones complejas y angulosas, sino que prefiere esquemas simples. Y esta situación no es culpa de los medios de comunicación o, mejor dicho, no es culpa SÓLO de los medios de comunicación.

        Porque los medios cabalgan sobre realidades, percepciones y sentimientos que ya existen en la opinión pública, y que contribuyen a configurar, pero que no pueden crear a su antojo.

 6. Políticas de comunicación. La Iglesia es aún refractaria a los medios. Consecuencias: la falta de transparencia entorpece su capacidad para suministrar historias positivas a la prensa.

En estructura y mentalidad, la Iglesia católica y quienes la componen desconfían de los medios, al tiempo que el “mundo laico” lleva mal que la Iglesia, sobre todo los obispos, opinen en público sobre cuestiones de actualidad. En realidad, hay prejuicios y quejas por ambas partes.

        Por una parte, la Iglesia tiene derecho a ser actor de la vida pública, faltaría más, pero tiene que aceptar las servidumbres que ello implica, es decir, la carga de críticas. Y tiene que apostar por la transparencia; esconder o silenciar no lleva a ningún sitio, y no es estratégico. Todo es comunicación; no es posible no comunicar, como mínimo se comunica que no se quiere comunicar.

        Otros actores de la vida pública (partidos, gobiernos, sindicatos, instituciones culturales, …) niegan a la Iglesia ese derecho a participar del debate público. Por razones históricas, subsiste en España un anticlericalismo a veces poco razonado, cuando no rayano en la ignorancia. Al tiempo, amplios sectores de la Iglesia española aún no han digerido que la Iglesia es un actor más de la vida pública, en vez de un regulador hegemónico.

        La falta de transparencia informativa entorpece la capacidad de la Iglesia de suministrar historias positivas a la prensa. En general, el mundo secularizado admira la acción social y caritativa de la Iglesia, sobre todo su rostro femenino. Aún hay mucha gente que dice que se fía (entre comillas) más de las monjas que de los curas. Ese aspecto está poco explotado periodísticamente; la Iglesia podría hacerlo, asumiendo los códigos del periodismo (los ocho elementos antes citados). 

7. La urgencia de un cambio de paradigma. ¿Es posible articular de un modo positivo la actual pugna entre fe y laicismo?

Es una pregunta abierta, pero parece evidente que corresponde a la Iglesia católica abrir el debate. No parece que el mundo secularizado, al menos en España, se plantee hacerlo. Y es lógico que quien quiere circunscribir la fe a la esfera privada, no tenga especial interés en dialogar con ella en la esfera pública. De hecho, ya hay más intentos por parte eclesial de comprender y dialogar con el mundo moderno y secularizado que al revés. Pero si se quiere lograr un patrón de cooperación entre ambas visiones del mundo, están ambas obligadas a dialogar.

Conferencia en formato PDF

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